Te voy a contar una cosa que he visto demasiadas veces. Y que duele, porque casi siempre la sufre alguien que lo había hecho todo bien.
Imagínate la escena.
Sala grande, luces, el equipo comercial sentado con su libreta y su café. Sube alguien al escenario. Habla noventa minutos. Cuenta historias, emociona, arranca risas, arranca alguna lágrima. Y cuando baja, la sala está en pie. Aplausos. Abrazos. Gente que se acerca a decirte “qué bueno, esto era justo lo que necesitábamos”.
Tú, que has organizado todo aquello, respiras. Misión cumplida. Tu equipo sale de allí como si pudiera comerse el mercado.
Es lunes.
El martes todavía les dura. El miércoles, regulín. Y el jueves, fíjate bien en esto, el jueves ya están exactamente igual que estaban el viernes anterior. Las mismas excusas, las mismas llamadas sin hacer, el mismo “es que el cliente no me coge el teléfono”.
¿Te suena esta película?
Pues quédate, porque hoy quiero contarte por qué pasa esto. Y, sobre todo, qué diferencia a una charla que se evapora de una que de verdad mueve la aguja.
El problema no es la emoción. Es lo que viene después
Vamos a quitarnos un malentendido de encima cuanto antes.
Emocionar a un equipo no está mal. Al contrario. Una sala que se emociona es una sala que está abierta, que baja la guardia, que por fin escucha. Llevo más de treinta años vendiendo y te aseguro una cosa: sin emoción no hay cambio. Las personas no nos movemos por datos, nos movemos por cómo nos hacen sentir esos datos.
El problema no es emocionar.
El problema es quedarse ahí.
Porque una emoción sin una herramienta detrás es un subidón de azúcar. Sube rápido, sienta de maravilla… y baja igual de rápido, dejándote más plano que antes. Tu equipo sale de la sala sintiéndose invencible, sí. Pero el jueves, cuando tiene delante al cliente difícil de siempre y el nudo en el estómago de siempre, no tiene nada nuevo entre las manos. Tiene el recuerdo de una tarde bonita. Y con un recuerdo no se cierra una venta.
A esto yo lo llamo motivación de fuegos artificiales. Iluminan el cielo, todo el mundo dice “ohhh”… y a los tres segundos, oscuridad otra vez.
Lo que de verdad cambia a un equipo no es lo que siente. Es lo que piensa
Aquí va la parte importante. La que quiero que te lleves aunque te olvides de todo lo demás.
Hay una idea que repito siempre, y es que lo que piensas condiciona lo que sientes, y lo que sientes condiciona lo que haces. En ese orden. Si quieres cambiar lo que tu equipo hace (que llame más, que no tenga miedo a dar el precio, que no se rinda a la primera negativa), no basta con cambiarles el ánimo un rato. Hay que tocar la capa de abajo. Hay que cambiar cómo piensan sobre lo que hacen.
Y eso ya no es un subidón. Eso es otra cosa.
Te lo explico con un ejemplo que vivo en cada formación.
Cuando un comercial piensa “voy a fastidiar al cliente llamándole otra vez”, siente incomodidad, y por lo tanto no llama. Se queda en el “ya le llamaré mañana” eterno. Pero cuando ese mismo comercial entiende, de verdad, en sus tripas, que hacer seguimiento es ayudar y no molestar, entonces siente otra cosa. Y hace otra cosa. Coge el teléfono.
¿Ves la diferencia? No le he dado una palmada en la espalda. Le he cambiado la película que se cuenta en la cabeza. Y esa película no se borra el jueves.
Una charla que solo emociona te deja un equipo contento. Una que además les cambia el pensamiento te deja un equipo distinto.
Y me callo, porque esa frase merece que la leas dos veces.
Entonces, ¿tiro el dinero en conferencias?
No. Ni de lejos.
Sería como decir que no merece la pena entrenar a un equipo porque un solo entrenamiento no te hace campeón. Lo que no funciona no es la conferencia: es pedirle a una conferencia que haga, ella sola, un trabajo que es de fondo.
Una buena activación no es el final de nada. Es el pistoletazo de salida. Es la chispa que abre a tu equipo para que, a partir de ahí, integren herramientas concretas que puedan usar el jueves, y el otro jueves, y el de dentro de tres meses.
Por eso, cuando alguien me llama para una charla, lo primero que hacemos no es hablar del escenario. Es hablar de tu equipo. De qué les frena de verdad, de qué historias se cuentan, de qué necesitan llevarse a la calle al día siguiente. Porque mi trabajo no es que tu gente salga aplaudiendo. Mi trabajo es que tu gente salga vendiendo distinto. Que la emoción de esa tarde se convierta en una decisión diferente delante del próximo cliente.
El aplauso es bonito. Pero el aplauso no factura. Lo que factura es lo que tu equipo hace el lunes, el martes y, sobre todo, ese jueves donde antes se venía abajo.
Porque una buena charla no se mide en aplausos. Se mide en los jueves.
¿Hablamos?
Si quieres llevar esto a tu equipo, cuéntame y vemos cómo hacerlo realidad.
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Feliz día y feliz venta,
Inés Torremocha






